Cuentos de Navidad

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De ningún modo les complacería más mi tosca pluma que diseccionando y exponiendo ante ustedes la exultante dicha de aquella familia, tanto tiempo cercenada y ya de nuevo reunida. Por consiguiente, no seguiré al pobre doctor por medio de su humillado recuerdo del pesar que había sentido al perder a Marion; ni tampoco les relataré lo serio que había descubierto que era el mundo, en el que el amor profundamente arraigado es el sino de todas sus criaturas humanas; ni cómo una nimiedad como la ausencia de una sola pieza en el conjunto del enorme absurdo lo había derribado. Ni cómo, compadeciéndose de su aflicción, su hermana le había ido revelando poco a poco y hacía mucho tiempo la verdad, llevándolo a conocer el corazón de su hija desterrada por voluntad propia y que se encontraba a su lado.

Ni cómo a Alfred Heathfield se le había comunicado también la verdad aquel año en curso, y Marion lo había visto y le había prometido, como hermano, que el día de su cumpleaños, al atardecer, Grace finalmente también la conocería de su propia boca.

—Disculpe, doctor —dijo el señor Snitchey, asomando al huerto—, pero ¿puedo tomarme la libertad de entrar?

Sin esperar a recibir permiso, se encaminó directo hacia Marion y le besó la mano con notable júbilo.


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