Cuentos de Navidad
Cuentos de Navidad Su morada, la esencia de su interior y su chimenea, era tan tétrica y vieja, tan enajenada y, con todo, tan fuerte, con sus vigas de madera carcomida en el techo y su robusto suelo desnivelado hacia la enorme chimenea de roble; tan acorralado y encerrado por la presión de la ciudad y, con todo, tan remoto en estilo, época y costumbres; tan silencioso y, con todo, tan repleto de ecos atronadores cuando una voz distante se alzaba o una puerta se cerraba, ecos que no quedaban confinados a los numerosos pasillos de techo bajo y a las estancias vacías, sino que resonaban y retumbaban hasta que se sofocaban en el denso aire de la cripta olvidada donde unos arcos normandos asomaban semienterrados.
Deberían haberlo visto en su morada a la hora del crepúsculo, en pleno invierno.