David Copperfield
David Copperfield Creo que cometí todos los disparates posibles mientras preparaba tan feliz acontecimiento. Todavía me sonrojo al recordar la corbata que compré. Mis botas podrían formar parte de cualquier colección de instrumentos de tortura. La noche anterior, envié por la diligencia de Norwood una bonita cesta que, a mi modo de ver, equivalía casi a una declaración de amor. Estaba llena de dulces, y en sus pequeños envoltorios podían leerse las frases más tiernas que pude conseguir con dinero. A las seis de la mañana estaba en el mercado de Covent Garden, comprando un ramo de flores para Dora; y a las diez, a lomos de un hermoso caballo gris (que había alquilado para la ocasión), trotando en dirección a Norwood, con el ramo dentro del sombrero para que se conservara bien fresco.
Supongo que cuando advertí la presencia de Dora en el jardín, y fingí no verla, y cuando pasé a caballo por delante de la casa, simulando buscarla con mucho interés, cometí dos pequeñas tonterías que posiblemente habría cometido también cualquier otro joven en mis circunstancias… pues hice ambas cosas de forma instintiva. Pero cuando encontré la casa y desmonté delante de la entrada, y arrastré por el césped aquellas botas crueles para saludar a Dora, sentada en un banco bajo un lilo, ¡qué hermosa estaba en aquella radiante mañana, rodeada de mariposas, con su sombrerito blanco y su vestido azul celeste!