David Copperfield

David Copperfield

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Había una joven en su compañía, mucho mayor que ella, pues debía de tener casi veinte años. Su nombre era señorita Mills, y Dora la llamaba Julia. Era la amiga íntima de Dora. ¡Feliz señorita Mills!

Jip estaba allí, y Jip empezó a ladrar de nuevo en cuanto me vio. Cuando le ofrecí mi ramo a Dora, rechinó los dientes, lleno de celos. Y no se equivocaba. Si tenía alguna sospecha de la adoración que yo sentía por su dueña, ¡no se equivocaba!

–¡Muchas gracias, señor Copperfield! ¡Qué flores tan bonitas! –exclamó Dora.

Yo había tenido intención de decirle (y había elegido cuidadosamente las palabras durante las tres últimas millas de mi recorrido) que no me habían parecido tan bellas hasta que no las había visto a su lado. Pero no logré hacerlo. Su presencia me trastornó. Ver cómo acercaba las flores al pequeño hoyuelo de su barbilla fue suficiente para hacerme perder la presencia de ánimo y el habla, y caí en una especie de éxtasis. Todavía me sorprende no haber exclamado: «Si tiene usted corazón, máteme, señorita Mills. ¡Déjeme morir aquí!».


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