David Copperfield

David Copperfield

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Jamás volveré a dar un paseo como aquél. Jamás he dado ninguno que se le pareciera. En el faetón sólo iban ellos tres, su cesto, mi cesto y el estuche de la guitarra; yo les seguía a caballo, y Dora, de espaldas a los nobles brutos, tenía el rostro vuelto hacia mí. Llevaba el ramo a su lado, encima del asiento, y no permitía que Jip se sentase allí por temor a que aplastara las flores. Las cogía con frecuencia y aspiraba su fragancia. En esos momentos, nuestras miradas a menudo se cruzaban; es verdaderamente asombroso que no saltara al carruaje por encima de mi hermoso caballo gris.

Creo recordar que había polvo… sí, mucho polvo. Tengo la vaga impresión de que el señor Spenlow me invitó a alejarme del faetón; no sé por qué. Lo único que veía era una nube de amor y de belleza alrededor de Dora; nada más. Su padre se puso en pie varias veces para preguntarme qué opinaba del paisaje. Yo le respondí que era precioso, y estoy seguro de que era cierto; pero sólo veía a Dora. Los rayos del sol eran Dora, y los pájaros cantaban su nombre. El viento del sur era Dora, y las flores silvestres de los setos eran Dora, hasta el último capullo. Me consuela pensar que la señorita Mills me comprendía. Era la única capaz de leer mis pensamientos.



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