David Copperfield
David Copperfield Patillas Pelirrojas terminó su ensalada (no entiendo cómo pudieron comerla los demás. Nada podría haberme inducido a probarla) y decidió encargarse de la bodega, que instaló en el tronco hueco de un árbol, pues era una alimaña ingeniosa. No tardé en verle de nuevo, con una langosta casi entera en su plato, comiendo a los pies de Dora.
Sólo conservo un recuerdo muy vago de lo que sucedió durante los instantes que siguieron a aquel funesto descubrimiento. Yo estaba muy alegre, lo sé; pero se trataba de una falsa alegría. Me acerqué a una jovencita vestida de rosa, de ojos pequeños, y coqueteé desesperadamente con ella. Recibió mis atenciones con agrado; pero no sabría decir si fue por mí, o porque tenía la mirada puesta en Patillas Pelirrojas. Brindamos por Dora. Fingí interrumpir mi conversación sólo para beber a su salud, y la reanudé inmediatamente después. Mis ojos se tropezaron con los de Dora al saludarla con una inclinación, y pareció dirigirme una mirada suplicante. Pero me llegó por encima de la cabeza de Patillas Pelirrojas, y me quedé impasible.