David Copperfield
David Copperfield La jovencita vestida de rosa tenÃa una madre vestida de verde; y creo que esta última nos separó por razones de alta polÃtica. No obstante, todo el grupo se deshizo cuando empezaron a retirar los restos de la comida; y yo me dirigà solo hacia los árboles, lleno de rabia y de remordimientos. Estaba dudando si fingir que no me encontraba bien y marcharme… no sé dónde… a lomos de mi hermoso caballo gris, cuando me encontré con Dora y con la señorita Mills.
–Señor Copperfield –exclamó la señorita Mills–, parece usted triste.
Le dije que me disculpara, pero que no era cierto en absoluto.
–Y tú también, Dora –prosiguió.
–¡Oh, no! Nada eso.
–Señor Copperfield y Dora –continuó ella, con un aire casi venerable–. Ya es suficiente. No permitan que un insignificante malentendido marchite las flores de la primavera, que, una vez que nacen y se agostan, no vuelven a salir. Hablo asà –añadió la señorita Mills– por experiencia… la experiencia de un pasado lejano e irrevocable. Un simple capricho no puede detener los manantiales que brotan alegres a la luz del sol; no se puede destruir inútilmente un oasis en medio del Sáhara.