David Copperfield

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Apenas era consciente de mis actos, parecía arder de la cabeza a los pies; pero cogí la mano diminuta de Dora y la besé… ¡y ella me dejó! Besé la mano de la señorita Mills; y tuve la sensación de que los tres subíamos directamente al séptimo cielo.

Y no volvimos a bajar de nuevo. Nos quedamos allí toda la tarde. Al principio vagamos entre los árboles, con el brazo de Dora tímidamente apoyado en el mío. Y bien sabe Dios que, aunque no era más que una locura, habría sido un feliz destino para los dos convertirnos en criaturas inmortales con aquellos exaltados sentimientos, y haber seguido deambulando para siempre entre los árboles.

Sin embargo, mucho antes de lo que hubiéramos deseado, oímos las risas y las voces de los demás, buscando a Dora. Volvimos con ellos y le pidieron a Dora que cantase. Patillas Pelirrojas quiso ir a buscar el estuche de la guitarra al carruaje, pero Dora le dijo que sólo yo sabía dónde estaba. Patillas Pelirrojas quedó así, en un instante, derrotado; y yo traje el estuche, lo abrí, saqué la guitarra, me senté a su lado y guardé su pañuelo y sus guantes. Bebí una a una las notas que salían de su adorable garganta, y ella cantó para , que la amaba; el resto de los invitados podían aplaudir cuanto quisieran, ¡aquello no tenía nada que ver con ellos!


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