David Copperfield
David Copperfield Estaba ebrio de felicidad. Me parecía demasiado hermoso para ser real; temía despertar de un momento a otro en Buckingham Street, oyendo el ruido que hacía la señora Crupp con las tazas mientras preparaba el desayuno. Pero Dora cantaba, otros cantaban, la señorita Mills cantaba… sobre los ecos dormidos en las cavernas del recuerdo, como si tuviera cien años; y empezó a oscurecer, e hicimos el té en una pequeña fogata como los gitanos; y yo seguía siendo muy dichoso.
Mi felicidad fue mayor que nunca cuando los invitados se despidieron, y el derrotado Patillas Pelirrojas y todos los demás se marcharon, cada uno por su lado, y nosotros emprendimos nuestro regreso en medio de la paz del crepúsculo y del dulce perfume de las flores. El señor Spenlow iba un poco amodorrado por el champaña (¡Bendita la tierra donde creció la uva! ¡Bendita la uva de la que salió el vino! ¡Bendito el sol que la hizo madurar! ¡Bendito el comerciante que la adulteró!) y, como se quedó profundamente dormido en una esquina del carruaje, cabalgué al lado del faetón hablando con Dora. Ella admiraba mi caballo y lo acariciaba, ¡qué pequeña resultaba su adorable mano sobre el lomo de un corcel! Y se le caía el chal, y yo se lo colocaba alrededor de los hombros; incluso llegué a pensar que Jip empezaba a darse cuenta de la situación y a comprender que no tenía más remedio que hacerse amigo mío.