David Copperfield

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En cuanto a la sagaz señorita Mills, esa amable –aunque desengañada— reclusa, esa pequeña patriarca de algo menos de veinte años, que no quería saber nada del mundo, ni estaba dispuesta a dejar que se despertaran los ecos dormidos en las cavernas del recuerdo, ¡qué bondadosa fue!

–Señor Copperfield –dijo la señorita Mills–, ¿puede venir un momento a este lado? Si tiene un momento… Me gustaría hablar con usted.

Y heme aquí, a lomos de mi hermoso caballo gris, inclinándome hacia la señorita Mills con la mano en la portezuela.

–Dora va a pasar unos días en mi casa. Nos iremos juntas pasado mañana. Si desea hacernos una visita, estoy convencida de que papá se alegrará de recibirlo.

¿Qué podía hacer sino implorar silenciosamente toda clase de bendiciones sobre la cabeza de la señorita Mills y guardar su dirección en el rincón más seguro de mi memoria? ¿Qué podía hacer sino decirle a la señorita Mills con expresión agradecida y palabras de entusiasmo cuánto apreciaba sus buenos oficios y cuán valiosa era para mí su amistad?


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