David Copperfield

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Entonces la señorita Mills, magnánima, me pidió que volviese con Dora y yo la obedecí. Mi amada sacó la cabeza fuera del carruaje para hablar conmigo, y charlamos durante todo el trayecto; y acerqué mi hermoso caballo gris tanto a la rueda que se raspó la pata delantera y «se le levantó la piel», según su dueño, «por valor de tres libras y siete chelines», que me apresuré a pagar, convencido de que tanta felicidad me había salido muy barata. Mientras tanto, la señorita Mills contemplaba la luna, recitando versos y recordando, supongo, aquellos lejanos días en que la tierra y ella tenían algo en común.

Norwood estaba demasiado cerca, y llegamos mucho antes de lo que yo hubiera deseado; pero el señor Spenlow se despertó cuando estábamos muy cerca y me invitó a entrar y descansar un poco. Acepté, y nos sirvieron unos emparedados y agua con vino. En aquella sala iluminada, Dora estaba tan encantadora, con las mejillas encendidas, que, incapaz de moverme de allí, me quedé contemplándola como en un sueño hasta que los ronquidos del señor Spenlow me ayudaron a comprender que tenía que marcharme. Así, pues, nos despedimos. Y yo cabalgué hasta Londres sintiendo aún la mano de Dora sobre la mía y rememorando una y mil veces cada incidente y cada palabra; y finalmente me acosté, tan hechizado como el más necio de los jóvenes a quien el amor haya hecho perder la cabeza.


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