David Copperfield

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Cuando me desperté al día siguiente, estaba decidido a declarar mi pasión a Dora y conocer mi destino. Se trataba de mi felicidad o de mi desdicha. Era el único dilema que existía en el mundo, y Dora era la única que podía solventarlo. Pasé tres días regodeándome en mi sufrimiento, mientras me torturaba buscando toda clase de interpretaciones pesimistas a cuanto había ocurrido entre ella y yo. Por fin, engalanado para la ocasión sin escatimar gastos, me dirigí a casa de la señorita Mills con mi declaración.

Poco importa ahora cuántas veces fui de un lado a otro de la calle y cuántas veces di la vuelta a la plaza (dolorosamente consciente de que yo era una respuesta mucho más acertada al viejo acertijo que «la luna») antes de decidirme a subir los escalones y llamar. E incluso después de hacerlo, mientras esperaba que me abrieran, se me pasó por la cabeza la idea de preguntar si vivía allí el señor Blackboy (imitando al pobre Barkis), pedir disculpas y marcharme. Pero no me moví.

El señor Mills no estaba en casa, aunque tampoco esperaba encontrarlo allí. Nadie lo necesitaba para nada. La señorita Mills sí estaba en casa. Me contentaría con ver a la señorita Mills.


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