David Copperfield

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Fui conducido a una sala en el piso superior, donde se hallaban la señorita Mills y Dora. Jip se encontraba con ellas. La señorita Mills estaba copiando una partitura (recuerdo que era una nueva canción llamada Himno fúnebre al amor) y Dora estaba pintando unas flores. ¡Cuál no sería mi emoción cuando reconocí mis propias flores! ¡El ramo que le había comprado en el mercado de Covent Garden! No puedo asegurar que fueran iguales, o que se parecieran demasiado a ninguna de las flores que yo había tenido ocasión de contemplar, pero me di cuenta por el papel que las envolvía, que había sido minuciosamente copiado.

La señorita Mills se alegró mucho de verme y lamentó que su padre no estuviera en casa; pensé que todos lo llevábamos con resignación. La señorita Mills nos dio conversación durante unos minutos y después, dejando la pluma sobre el Himno fúnebre al amor, se puso en pie y salió de la estancia.

Empecé a pensar que dejaría mi declaración para el día siguiente.

–Espero que su pobre caballo no estuviera cansado cuando llegó a casa la otra noche –dijo Dora, levantando sus hermosos ojos–. Fue un largo recorrido para él.

Empecé a pensar que me declararía hoy.


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