David Copperfield
David Copperfield –Fue un largo recorrido para él –contesté–, porque él no tenÃa nada que lo sustentara en su viaje.
–Pobrecillo, ¿acaso no le dieron nada de comer? –preguntó Dora.
Empecé a pensar que dejarÃa mi declaración para el dÃa siguiente.
–SÃ… sà –repuse–, lo cuidaron muy bien. Lo que quiero decir es que él no experimentaba la felicidad indescriptible que yo sentÃa por estar junto a usted.
Dora inclinó la cabeza sobre su dibujo y, tras unos instantes de silencio –durante los cuales me quedé sentado con las piernas rÃgidas, ardiendo de fiebre–, exclamó:
–Hubo un momento del dÃa en el que usted tampoco parecÃa apreciar esa felicidad.
Comprendà que era demasiado tarde para retroceder, y que habÃa llegado el momento de declararme.
–Usted no parecÃa apreciar en absoluto esa felicidad –prosiguió Dora, enarcando las cejas y moviendo la cabeza–, cuando estaba sentado con la señorita Kitt.
Debo aclarar que Kitt era el nombre de la jovencita vestida de rosa, con los ojos pequeños.