David Copperfield
David Copperfield –Aunque no veo por quĂ© iba a importarle estar a mi lado –continuĂł Dora–, o por quĂ© iba a llamar a eso felicidad. Pero, naturalmente, no habla en serio. Estoy segura de que nadie pone en duda que es usted muy libre de hacer lo que desee. ¡Jip, tunante, ven aquĂ!
No sĂ© cĂłmo lo hice. Todo ocurriĂł en un instante. CerrĂ© el paso a Jip. CogĂ a Dora en mis brazos. Estaba lleno de elocuencia. De mi boca fluĂan las palabras. Le dije cuánto la amaba. Le dije que morirĂa sin ella. Le dije que la idolatraba y la adoraba. Y durante todo ese tiempo, Jip ladraba como un loco.
Cuando Dora, toda temblorosa, inclinĂł su cabeza y rompiĂł a llorar, mi elocuencia aumentĂł. Si ella querĂa que muriese por ella, no tenĂa más que comunicármelo, yo estaba dispuesto. La vida sin su amor carecĂa de sentido. No podrĂa soportarla, ni estaba dispuesto a hacerlo. La habĂa amado cada minuto, cada dĂa, cada noche, desde que la conocĂa. La amaba en ese instante con locura. La amarĂa siempre, cada minuto de mi vida, con locura. Otros hombres habĂan amado antes que yo, y otros lo harĂan despuĂ©s, pero ninguno habĂa amado nunca, ni podrĂa, ni sabrĂa, ni querrĂa, ni deberĂa amar jamás como yo la amaba a ella. Cuanto más desvariaba yo, más ladraba Jip. Los dos, cada uno a nuestra manera, parecĂamos enloquecer por momentos.