David Copperfield
David Copperfield Pues bien, al poco rato Dora y yo estábamos sentados en el sofá, bastante serenos, y Jip en el regazo de su dueña, mirándome pacíficamente entre pestañeos. Le había abierto mi corazón. Mi arrobamiento no podía ser mayor. Dora y yo estábamos prometidos.
Supongo que teníamos una vaga idea de que aquello terminaría en matrimonio. Pienso que sí, pues Dora señaló que nunca podríamos casarnos sin el consentimiento de su padre. Sin embargo, en nuestro éxtasis juvenil, no creo que miráramos hacia delante o hacia atrás; ni que tuviéramos ninguna aspiración más allá del oscuro presente.[71] Acordamos no decir nada de nuestro noviazgo al señor Spenlow; pero estoy seguro de que jamás se me pasó por la imaginación que hubiera algo deshonroso en ello.
Dora fue a buscar a la señorita Mills, que apareció más pensativa que nunca; sospecho que lo que acababa de ocurrir despertaba fácilmente los ecos dormidos en las cavernas de la memoria. Pero ella nos dio su bendición, prometiéndonos eterna amistad, y nos habló, en general, como lo hubiera hecho una voz procedente del claustro.
¡Qué días tan inocentes! ¡Qué días tan insustanciales, locos y felices!