David Copperfield

David Copperfield

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Cuando medí el dedo de Dora para encargarle un anillo de nomeolvides, y el joyero a quien llevé las medidas, adivinando mi intención, tomó nota del pedido riendo y puso el precio que quiso al hermoso juguete de piedras azules… tan ligado en mi memoria a la mano de Dora que, cuando ayer descubrí por azar uno igual en el dedo de mi hija, sentí por un instante algo muy parecido al sufrimiento.

Cuando paseaba por las calles, orgulloso de mi secreto y satisfecho de mí mismo, convencido hasta tal punto de que era un honor amar a Dora y ser amado por ella que, aunque hubiera caminado por las nubes, no habría podido sentirme más por encima de los demás hombres ¡que parecían arrastrarse por el suelo!

Cuando nos citábamos en el jardín de la plaza, y nos sentábamos en el sombrío cenador, tan felices que todavía hoy, sólo por ese motivo, amo los gorriones de Londres y veo el color de los trópicos en sus plumas cenicientas.

Cuando tuvimos nuestra primera gran discusión (una semana después de iniciar nuestro noviazgo) y Dora me devolvió el anillo en el interior de un pequeño pliego de papel, donde había escrito unas palabras terribles y desesperadas: «¡Nuestro amor empezó como una alegre locura y termina como un furioso arrebato!», yo me mesaba los cabellos y creía que todo había terminado.


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