David Copperfield
David Copperfield Cuando, al amparo de la oscuridad, corrà a ver a la señorita Mills –con la que hablé a escondidas en la antecocina, donde habÃa una calandria para planchar la ropa blanca–, a fin de suplicarle que mediara entre nosotros y nos salvara de la locura; y la señorita Mills aceptó ayudarnos y regresó con Dora, exhortándonos, desde el púlpito de su amarga juventud, a que hiciéramos algunas concesiones y ¡evitásemos el desierto del Sáhara!
Cuando los dos, llorando, nos reconciliamos y volvimos a sentirnos tan dichosos que la antecocina, con calandria y todo, se convirtió en el Templo del Amor, donde organizamos un plan de correspondencia en el que la señorita Mills serÃa nuestra intermediaria, y cada uno escribirÃa ¡al menos una carta al dÃa!
¡Que dÃas tan inocentes! ¡Qué dÃas tan insustanciales, locos y felices! De todos los momentos de mi vida que el Tiempo tiene ya en sus garras, no existe ninguno que me empuje a sonreÃr tanto ni que me inspire tanta ternura.