David Copperfield
David Copperfield –¡Ah! –dijo pensativo–. SÃ, parece asombroso… Supongo, Copperfield, que no me queda otro remedio.
–Supongo –repetà con una sonrisa, ruborizándome un poco–. Pero también gracias a tu constancia y a tu paciencia, Traddles.
–¡Válgame Dios! –exclamó él, recapacitando–. ¿Es asà como me ves, Copperfield? No sabÃa que tuviera esas cualidades. Aunque es una joven tan extraordinaria que tal vez me haya contagiado algo de esas virtudes. Ahora que lo dices, Copperfield, no deberÃa extrañarme en absoluto. Te puedo asegurar que jamás piensa en ella; vive dedicada a los demás.
–¿Es la hija mayor? –inquirÃ.
–¡Oh, no! –respondió Traddles–. La mayor es una belleza.
Imagino que se dio cuenta de que no podÃa evitar sonreÃr ante la ingenuidad de su respuesta.
–No es que mi Sophy… ¿verdad que es un bonito nombre, Copperfield? –continuó con expresión risueña e inocente.
–¡Muy bonito! –contesté.