David Copperfield
David Copperfield –Jane Murdstone –bramó su hermano–. ¿Quieres callarte de una vez? ¿Cómo te atreves a hablar as�
La señorita Murdstone sacó el pañuelo de su pequeña prisión y se tapó los ojos.
–Clara –continuó el señor Murdstone, mirando a mi madre–, ¡cuánto me sorprendes! ¡Me dejas atónito! Es cierto que me satisfacÃa casarme con una mujer ingenua y sin experiencia, y la idea de formar su carácter e inculcar en ella un poco de esa firmeza y resolución tan necesarias. Pero cuando veo lo desagradecida que se muestra esa persona con Jane Murdstone, que ha tenido la bondad de venir a ayudarme en ese empeño y de realizar, en atención a mÃ, funciones más propias de un ama de llaves…
–Oh, Edward, te lo ruego –exclamó mi madre–; no me acuses de ingrata. Sé que no lo soy. Jamás me han reprochado una cosa asÃ. Tengo muchos defectos, pero ése no. ¡Por favor, amor mÃo!
–Cuando veo con qué ruindad correspondes a Jane Murdstone –prosiguió mi padrastro, después de esperar a que mi madre se callara–, aquel sentimiento mÃo se altera y enfrÃa.