David Copperfield
David Copperfield –Nuestro propio hogar, querÃa decir –balbuceó mi madre, visiblemente asustada–. Ya me entiendes, Edward… Es muy duro que en tu propio hogar yo no pueda intervenir en los asuntos domésticos. Estoy convencida de que llevaba muy bien la casa antes de convertirme en tu esposa. Y tengo testigos –continuó entre sollozos–; pregúntale a Peggotty si no hacÃa las cosas bien cuando nadie se entrometÃa.
–Pongamos fin a todo esto, Edward –exclamó la señorita Murdstone–. Me marcharé mañana.
–Jane Murdstone –dijo su hermano–, ¡cállate! ¿Cómo te atreves a hablar as� Tus palabras reflejan que no me conoces.
–No quiero que nadie se vaya –siguió diciendo mi pobre madre, en clara desventaja y con los ojos anegados en llanto–. Me sentirÃa muy desgraciada si alguien lo hiciera. No pido mucho. Soy una persona razonable. Únicamente me gustarÃa que se consultara conmigo de vez en cuando. Estoy muy agradecida a cuantos me ayudan; sólo deseo que a veces se pida mi opinión, por cortesÃa. Antes te agradaba mi juventud e inexperiencia, Edward… o eso me dijiste. Sin embargo, ahora pareces odiarme por ello; eres tan estricto…
–Pongamos fin a esto, Edward –repitió la señorita Murdstone–. Me marcharé mañana.