David Copperfield

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Nosotros regresamos a mi apartamento. Nunca había conocido a nadie que se sintiera tan fascinado por las tiendas como Peggotty, así que caminé muy despacio, observando divertido cómo miraba los escaparates y deteniéndome siempre que ella lo deseaba. Tardamos, por ese motivo, un buen rato en llegar al Adelphi.

Al subir las escaleras, llamé su atención sobre la súbita desaparición de los obstáculos de la señora Crupp, y las huellas muy recientes de pisadas. Cuando llegamos arriba, nos sorprendió mucho encontrar abierta la puerta de mi casa (que yo había dejado cerrada) y oír voces en su interior.

Nos miramos desconcertados y entramos en la sala. ¡Cuál no sería mi asombro al encontrar allí a mi tía y al señor Dick! Mi tía estaba sentada encima de un montón de baúles, con sus dos jaulas de pájaros delante y su gato encima de las rodillas, como un Robinson Crusoe femenino, bebiendo una taza de té. El señor Dick se apoyaba pensativo en una gran cometa, muy parecida a la que los dos habíamos volado juntos tantas veces, con una montaña de equipaje a su alrededor.

–¡Querida tía! –exclamé–. ¡Qué inesperado placer!


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