David Copperfield

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Los dos nos abrazamos con cariño; y el señor Dick y yo nos estrechamos calurosamente la mano. La señora Crupp, que no podía mostrarse demasiado obsequiosa porque estaba muy atareada con el té, añadió con gran cordialidad que había sabido que al señor Copperfull le brincaría el corazón dentro del pecho en cuanto viera a sus queridos familiares.

–¡Buenas tardes! –dijo mi tía a Peggotty, que parecía asustada ante su temible presencia–. ¿Cómo se encuentra?

–¿Te acuerdas de mi tía, Peggotty? –le pregunté.

–Por el amor de Dios, Trot –protestó mi tía–, ¡no la llames por ese nombre de isla de los Mares del Sur! Si contrajo matrimonio y se libró de él, que es lo mejor que pudo hacer, ¿por qué no le permites disfrutar de ese cambio? ¿Cuál es su apellido ahora, P…? –inquirió, sin más concesiones a aquel nombre que tanto le desagradaba.

–Barkis, señora –respondió Peggotty, con una reverencia.

–¡Mucho mejor! Suena más civilizado –afirmó mi tía–; ya no parece necesitar tanto un misionero. ¿Cómo está, Barkis? Espero que bien.

Animada por estas amables palabras y por la mano que le tendía mi tía, Barkis se acercó a ella y le dio las gracias con una nueva reverencia.


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