David Copperfield

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–Veo que las dos hemos envejecido –señaló mi tía–. Como recordará, nos vimos en una ocasión. ¡Y de qué poco nos sirvió! Trot, querido, dame otra taza de té.

Serví respetuosamente a mi tía, tan erguida como siempre; y la reprendí por haberse sentado en un baúl.

–Déjeme que le acerque el sofá o la butaca, tía –exclamé–. ¿Por qué está en un lugar tan incómodo?

–Gracias, Trot –replicó ella–, pero prefiero sentarme en mis posesiones.

Al llegar a este punto, mi tía clavó su mirada en la señora Crupp y dijo:

–No necesitaremos más de sus servicios, señora.

–¿Desea que ponga un poco más de té en la tetera antes de marcharme? –preguntó la señora Crupp.

–No, gracias –contestó mi tía.

–¿Quiere que traiga más mantequilla? –insistió la señora Crupp–. ¿No le apetece un huevo fresco? ¿Y una loncha de tocino? ¿No hay nada que pueda hacer por su querida tía, señor Copperfull?

–Nada en absoluto, señora –repuso mi tía–. Me las arreglaré sola, muchas gracias.


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