David Copperfield
David Copperfield La señora Crupp, que no había dejado de sonreír para mostrar la dulzura de su carácter, ni de ladear la cabeza para poner de manifiesto la debilidad de su constitución, ni de frotarse las manos para expresar su deseo de ser útil, salió de la estancia sonriendo, ladeando la cabeza y frotándose las manos.
–¡Dick! –exclamó mi tía–. ¿Recuerda lo que le dije de los oportunistas y de los adoradores del becerro de oro?
El señor Dick –con aire temeroso, como si lo hubiera olvidado– se apresuró a responder que sí.
–La señora Crupp es uno de ellos –aseguró mi tía–. Barkis, ¿le importaría ocuparse del té y servirme otra taza? ¡No podría soportar que lo hiciera esa mujer!
Conocía lo bastante a mi tía para saber que tenía algo importante que decirme, y que su llegada obedecía a un motivo mucho más grave de lo que alguien hubiera podido suponer. Me di cuenta de cómo me miraba cuando creía que estaba distraído; y de que parecía hallarse extrañamente indecisa, aunque aparentara la misma firmeza y serenidad de siempre. Empecé a preguntarme si habría hecho algo que pudiera ofenderla, y mi conciencia me recordó que aún no le había hablado de Dora. ¿Sería ésa la causa?