David Copperfield

David Copperfield

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Como yo sabía que mi tía no diría nada hasta que llegase el momento oportuno, me senté junto a ella, dediqué unas palabras a los pájaros, jugué con el gato y me comporté con la mayor naturalidad posible. Pero estaba muy lejos de sentirme tranquilo; y el señor Dick, apoyado en la enorme cometa detrás de ella, empeoraba aún más las cosas, pues aprovechaba cualquier ocasión para mover lúgubremente la cabeza y señalar a la señorita Trotwood.

–Trot –exclamó finalmente mi tía, después de terminar el té, alisarse cuidadosamente el vestido y secarse los labios–, ¡no se vaya, Barkis! Trot, ¿has conseguido ser un joven firme y con voluntad propia?

–Así lo espero, tía.

–¿De veras?

–Creo que sí, tía.

–Entonces, mi amor –prosiguió, con la vista fija en mí–, ¿por qué piensas que prefiero sentarme en mis posesiones esta noche?

Moví negativamente la cabeza, incapaz de adivinarlo.

–Porque es todo cuanto poseo, querido –afirmó mi tía–. ¡Estoy arruinada!

No creo que mi susto hubiera sido mayor si la casa, con todos nosotros dentro, se hubiera caído al Támesis.


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