David Copperfield

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Mi tía, por el contrario, hacía gala de una gran serenidad, lo que era una lección para todos nosotros (al menos para mí, de eso estoy seguro). Se mostró sumamente amable con Peggotty, excepto cuando, de forma atolondrada, la llamé por su nombre; y, a pesar de lo poco que le gustaba Londres, pareció sentirse como en casa. Ella dormiría en mi cama y yo en el sofá de la sala, a fin de custodiarla. Consideró una gran ventaja hallarse tan cerca del río, en caso de incendio; y supongo que esa circunstancia la alegraba de veras.

–Trot, querido –dijo mi tía, cuando me dispuse a prepararle su bebida nocturna–. ¡No!

–¿No quiere nada, tía?

–Nada de vino, querido. Cerveza.

–Pero tenemos vino, tía. Y es lo que usted toma siempre…

–Será mejor que lo guardes, por si alguien enferma –exclamó ella–. Debemos gastarlo con cuidado, Trot. Tomaré cerveza. Media pinta.

Pensé que el señor Dick iba a desmayarse. Como mi tía estaba firmemente decidida, salí a comprar la cerveza. Era tan tarde que Peggotty y el señor Dick aprovecharon para marcharse juntos a la tienda de ultramarinos. Me despedí de él en la esquina de la calle, ¡pobrecillo! Con la cometa a la espalda, era la viva imagen de la miseria humana.


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