David Copperfield
David Copperfield –Trot, por lo general no me gustan las caras nuevas, pero tu Barkis me agrada bastante, ¿sabes?
–¡OÃrle decir eso es mejor que un regalo de cien libras! –dije.
–¡Qué mundo de locos! –afirmó ella, rascándose la nariz–. ¿Cómo ha podido vivir con semejante nombre? Es inexplicable. SerÃa mucho más fácil, en mi opinión, nacer con el apellido Jackson, o algo parecido.
–Quizá ella opine lo mismo; no tiene ninguna culpa –señalé.
–Supongo que no –repuso mi tÃa, más bien a regañadientes–, pero es muy irritante. Sin embargo, ahora se llama Barkis. Es un consuelo. Barkis te quiere con toda su alma, Trot.
–Estoy convencido de que harÃa cualquier cosa para demostrarlo –exclamé.
–Cualquier cosa, asà lo creo –repitió mi tÃa–. La pobre mujer no ha cesado de pedirme y suplicarme que aceptara una parte de su dinero… pues asegura que a ella le sobra. ¡Será ingenua!
Por el rostro de mi tÃa corrÃan lágrimas de alegrÃa que terminaban cayendo en su cerveza.
–Es la criatura más ridÃcula del mundo –prosiguió–. Lo supe desde el primer momento en que la vi con esa niña dulce y desdichada que fue tu madre. Pero Barkis ¡tiene muchas cosas buenas!