David Copperfield
David Copperfield Fingió reírse, y aprovechó la ocasión para llevarse la mano a los ojos. Después de esto, retomó al mismo tiempo su tostada y su discurso.
–¡Ah! ¡Que el Señor se apiade de nosotros! –suspiró mi tía–. ¡Lo sé todo, Trot! Barkis y yo tuvimos una larga conversación mientras estabas fuera con el señor Dick. Lo sé todo. Por lo que a mí respecta, no sé qué esperan conseguir esas infortunadas muchachas. Me extraña que no se rompan la cabeza contra… contra la repisa de la chimenea.
Probablemente se le ocurrió esa idea porque estaba contemplando la que había en casa.
–¡Pobre Emily! –exclamé.
–¡Vamos, Trot! Nada de pobre… –respondió mi tía–. Tendría que haberlo pensado bien, antes de causar tanto sufrimiento. Dame un beso, querido. Lamento que hayas tenido una experiencia así, siendo tan joven.
Al inclinarme hacia ella, apoyó su vaso en la rodilla para detenerme.
–¡Oh, Trot, Trot! Y tú crees estar enamorado, ¿no es así?
–¿Creo? –exclamé, rojo como la grana–. ¡La adoro con toda mi alma, tía!
–¡Claro, Dora! Y supongo que ahora me dirás que es una criatura fascinante, ¿verdad? –dijo ella.
–Mi querida tía –contesté–, nadie puede imaginar siquiera lo maravillosa que es.