David Copperfield
David Copperfield Las lágrimas me cegaban y a duras penas encontré la puerta. ¡Me entristecÃa tanto el dolor de mi madre! Pero salà a tientas de allà y subà a mi dormitorio, en la penumbra, sin ánimo suficiente para dar las buenas noches a Peggotty o para pedirle una vela. Una hora después, cuando subió a verme, me desperté. Peggotty me contó que mi madre se habÃa acostado indispuesta y que el señor y la señorita Murdstone se habÃan quedado a solas.
A la mañana siguiente bajé más temprano que de costumbre y, al oÃr la voz de mi madre, me detuve ante la puerta del gabinete. Estaba pidiendo humildemente perdón a la señorita Murdstone, quien aceptaba sus disculpas, y la reconciliación fue perfecta. A partir de aquel dÃa, jamás oà a mi madre expresar una opinión sin consultar antes con la señorita Murdstone, o sin saber con absoluta certeza lo que ésta pensaba; y, siempre que la señorita Murdstone se irritaba (lo que era una debilidad en ella) y hacÃa ademán de coger el bolso para sacar las llaves y devolverlas, mi madre la miraba aterrorizada.