David Copperfield

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La vena tenebrosa que los Murdstone llevaban en la sangre ensombrecía también su religión, que era austera y terrible. Después he pensado que si adoptó ese carácter fue como consecuencia lógica de la firmeza del señor Murdstone, que no podía consentir que nadie se librara de los castigos más severos, en cuanto encontraba el menor pretexto. En cualquier caso, recuerdo bien los rostros lúgubres con que íbamos a la iglesia y el aire tan cambiado que presentaba aquel lugar. Vuelve a acudir a mi memoria el temido domingo: me veo entrando en fila india en nuestro viejo banco, como un cautivo al que condujeran al oficio de los condenados. Vuelvo a ver a la señorita Murdstone, que me sigue de cerca, con un vestido de terciopelo negro que parece haber hecho de un paño mortuorio; mi madre va tras ella; después, su marido. Peggotty no nos acompaña como en los viejos tiempos. Vuelvo a oír cómo la señorita Murdstone murmura las respuestas y recalca las palabras más estremecedoras con despiadado placer. Vuelvo a percibir cómo sus ojos negros recorren la iglesia cuando pronuncia las palabras «miserables pecadores», igual que si se refiriera a todos los miembros de la congregación. Vuelvo a mirar con disimulo a mi madre, que mueve tímidamente los labios entre los dos hermanos, mientras las plegarias de éstos retumban en sus oídos como un trueno lejano. Vuelvo a preguntarme con repentino terror si nuestro bondadoso y anciano clérigo puede estar equivocado y el señor y la señorita Murdstone tener razón, y si todos los ángeles del Cielo no serán ángeles exterminadores. Vuelvo a sentir cómo la señorita Murdstone, si muevo un dedo o un músculo de mi cara se relaja, me golpea con el libro de oraciones, dejándome el costado dolorido.


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