David Copperfield
David Copperfield –¡Ay, Trot! –dijo mi tÃa, moviendo la cabeza y sonriendo gravemente–. ¡Estás ciego, ciego, ciego!
»Conozco a alguien, Trot –prosiguió mi tÃa, después de una pausa–, que, a pesar de su carácter flexible, es tan firme en sus afectos como aquella pobre niña que fue tu madre. Seriedad es lo que ese alguien necesita encontrar, para sostenerle y mejorarle. Una seriedad profunda, verdadera y leal.
–Si supiera, tÃa, lo seria que es Dora –protesté.
–¡Oh, Trot! –exclamó de nuevo–. ¡Estás ciego, ciego!
Y, sin saber por qué, tuve la vaga sensación de que habÃa perdido o me faltaba algo, como si la sombra de una nube hubiera pasado sobre mÃ.
–Sin embargo –dijo mi tÃa–, no quiero desilusionar ni hacer desgraciados a dos jóvenes; asÃ, pues, aunque se trate de uno de esos idilios entre dos niños que, con frecuencia (como verás, no digo siempre), no conducen a nada, lo tomaremos muy en serio y esperaremos un feliz desenlace. ¡Tenemos mucho tiempo para que prospere!