David Copperfield
David Copperfield ¡Qué desdichado me sentí al acostarme! No podía dejar de pensar en mi pobreza, y en lo que el señor Spenlow opinaría de ella; en que mi posición no era la que creía cuando me había declarado a Dora; en la necesidad de contarle a mi amada, como un caballero, cuál era mi verdadera situación, a fin de liberarla de su compromiso, si así lo deseaba; en cómo me las arreglaría para vivir hasta el final de mi contrato, sin recibir el menor salario; en qué podría hacer para ayudar a mi tía, aunque no se me ocurría nada; en que no dispondría de dinero, y tendría que llevar un abrigo raído, y no podría hacer pequeños regalos a Dora, ni cabalgar en hermosos caballos grises, ni tener ante ella un aspecto agradable. Por muy mezquino y egoísta que fuera dar tantas vueltas a mi sufrimiento (y bien sabe Dios cuánto me atormentaba ser consciente de ello), estaba tan enamorado de Dora que no podía evitarlo. Sabía que era una ruindad por mi parte no pensar más en mi tía y menos en mí; pero el egoísmo era inseparable de Dora, y me sentía incapaz de apartarla para colocar en su lugar a otra criatura mortal. ¡Qué increíblemente desdichado me sentí aquella noche!