David Copperfield
David Copperfield Mi tía parecía también bastante intranquila, pues la oí andar con frecuencia de un lado a otro del dormitorio. A lo largo de la noche, apareció en mi habitación en dos o tres ocasiones, como un alma en pena, ataviada con una larga bata de franela con la que parecía medir siete pies de altura, y tomó asiento cerca del sofá donde yo dormía. La primera vez me incorporé alarmado, y ella me comunicó que, al advertir cierto resplandor en el cielo, había deducido que la Abadía de Westminster estaba en llamas. Deseaba, asimismo, consultarme si el fuego llegaría a Buckingham Street, en caso de que cambiara el viento. Después de lo cual, como yo no me movía, la oí sentarse junto a mí y murmurar: «¡Pobre muchacho!». Y entonces me sentí veinte veces más desgraciado, al comprender lo generosa que era ella al preocuparse de mí, y lo egoísta que era yo al no preocuparme de ella.