David Copperfield
David Copperfield –¿Cómo está, Copperfield? –dijo–. ¡Hermosa mañana!
–Muy hermosa, señor –respondÖ. ¿PodrÃa hablar un momento con usted antes de que se vaya al Tribunal?
–Desde luego –contestó–. Pase a mi despacho.
Le seguà hasta allÃ, y empezó a ponerse la toga y a arreglarse ante un pequeño espejo colgado tras la puerta de un armario.
–Lamento comunicarle que he tenido noticias bastante desalentadoras de mi tÃa.
–¡No! –exclamó–. ¡Dios mÃo! Espero que no se trate de una parálisis.
–No están relacionadas con su salud, señor –repliqué–. Ha sufrido cuantiosas pérdidas. En realidad, apenas le queda dinero.
–Me deja a… tónito, Copperfield –señaló el señor Spenlow.
Movà la cabeza.
–Lo cierto, señor, es que su situación ha cambiado tanto que deseaba preguntarle si no serÃa posible… sacrificando nosotros una parte de la suma entregada, desde luego –añadà impulsivamente, al ver su rostro carente de expresión–, rescindir mi contrato de aprendizaje.