David Copperfield

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Había por aquel entonces (y tal vez sigan existiendo), al final de una de las calles que salen al Strand, unos viejos baños romanos, en cuyas frías aguas me había zambullido con frecuencia. Después de vestirme lo más silenciosamente posible y de dejar a Peggotty al cuidado de mi tía, me tiré de cabeza en ellas y fui dando un paseo hasta Hampstead. Tenía la esperanza de que aquel tratamiento tan enérgico me refrescara un poco las ideas; y creo que me sentó bien, pues no tardé en llegar a la conclusión de que el primer paso que debía dar era intentar que se anulase mi contrato de aprendizaje y que nos devolvieran la suma entregada. Desayuné en el Heath,[73] y regresé andando a los Doctors’ Commons por unas carreteras cubiertas de rocío, entre el aroma de las flores veraniegas, que crecían en los jardines o que los vendedores ambulantes llevaban a la ciudad sobre sus cabezas; estaba decidido a realizar aquel primer esfuerzo para hacer frente a nuestra nueva situación.

Llegué tan temprano a la oficina, a pesar de todo, que me vi obligado a deambular durante media hora antes de que el viejo Tiffey, siempre el primero en llegar, apareciera con su llave. Entonces me senté en mi oscuro rincón, y empecé a mirar el reflejo del sol sobre los tubos de las chimeneas de enfrente y a pensar en Dora, hasta que el señor Spenlow entró, impecablemente vestido y con sus patillas rizadas.


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