David Copperfield
David Copperfield El señor Spenlow movió la cabeza con pesimismo.
–¡Dios me libre, Copperfield, de ser injusto con nadie, y menos con el señor Jorkins! Pero conozco bien a mi socio, Copperfield. El señor Jorkins no es un hombre dispuesto a comprender una proposición de esta naturaleza. El señor Jorkins se resiste a salir del camino trillado. ¡Usted sabe cómo es!
Vive Dios que no sabía nada de él, excepto que con anterioridad había llevado solo el negocio y que ahora vivía solo en una casa cerca de Montagu Square, terriblemente necesitada de una mano de pintura; que venía a trabajar muy tarde y se marchaba muy pronto; que nadie parecía consultarle nunca nada; y que su despacho era un pequeño agujero, sucio y oscuro, en el piso superior, donde jamás se tramitaba ningún asunto y donde se veía sobre la mesa un viejo y amarillento bloc de dibujo, sin una sola mancha de tinta, y que, según rumoreaban, llevaba allí veinte años.
–¿Le importaría que hablase con él, señor? –inquirí.
–Por supuesto que no –repuso el señor Spenlow–. Pero conozco bien al señor Jorkins, Copperfield. Ojalá fuera de otro modo, pues no sabe cuánto me agradaría complacerlo. Pero no tengo el menor inconveniente en que hable con él, Copperfield, si cree que puede servir de algo.