David Copperfield
David Copperfield Una vez conseguido su permiso, que acompañó de un caluroso apretón de manos, volví a sentarme en mi rincón, y empecé a pensar en Dora y a mirar el reflejo del sol sobre los tubos de las chimeneas que bajaban por el muro de enfrente, hasta que llegó el señor Jorkins. Entonces subí a su despacho, y el anciano fue incapaz de disimular la sorpresa que le causó mi visita.
–Pase, señor Copperfield, pase –dijo el señor Jorkins.
Entré, tomé asiento y expuse mi caso al señor Jorkins, casi del mismo modo en que se lo había expuesto al señor Spenlow. El señor Jorkins estaba muy lejos de ser el personaje terrible que cualquiera habría supuesto; era un hombre de sesenta años, grande, barbilampiño y de carácter apacible, tan aficionado al rapé que en los Commons se rumoreaba que vivía básicamente de dicho estimulante, y que apenas quedaba espacio en su organismo para otro alimento.
–Supongo que habrá comentado esto con el señor Spenlow, ¿no es así? –preguntó el señor Jorkins, después de escucharme, con gran inquietud, hasta el final.
Le contesté que sí y le dije que el señor Spenlow me había hablado de él.
–¿Le dijo que yo me opondría? –inquirió el señor Jorkins.