David Copperfield
David Copperfield Me vi obligado a admitir que el señor Spenlow lo habÃa considerado probable.
–Lamento comunicarle, señor Copperfield, que no puedo aceptar su propuesta –exclamó el señor Jorkins, muy nervioso–. La verdad es… que me esperan en el banco; si tiene usted la bondad de disculparme.
Después de estas palabras, se apresuró a ponerse en pie; y, cuando se disponÃa a salir del despacho, tuve la osadÃa de expresarle mi temor de que el asunto, entonces, no tuviera solución.
–¡No! –exclamó el señor Jorkins, deteniéndose en la puerta y moviendo la cabeza–. ¡Oh, no! Yo me opongo, ¿sabe? –dijo con precipitación antes de salir–. Debe comprender, señor Copperfield –añadió, asomándose de nuevo con aire angustiado–, que si el señor Spenlow se opone…
–Personalmente, no se opone, señor –afirmé.
–¡Oh! ¡Personalmente! –repitió el señor Jorkins con impaciencia–. Le aseguro que existe una objeción, señor Copperfield. ¡Es inútil que insista! Lo que desea es imposible. Yo… realmente tengo una cita en el banco.
Y se fue literalmente corriendo; creo recordar que estuvo tres dÃas sin aparecer por los Commons.