David Copperfield
David Copperfield Como querÃa intentarlo todo y no dejar piedra por mover, esperé el regreso del señor Spenlow y le describà lo ocurrido, dándole a entender que no habÃa perdido la esperanza de que lograra ablandar al inexorable Jorkins, si emprendÃa la tarea.
–Copperfield –respondió el señor Spenlow, con una sonrisa llena de astucia–. Usted no conoce a mi socio, el señor Jorkins, desde hace tanto tiempo como yo. Nada más lejos de mi pensamiento que acusarlo de hipocresÃa. Pero el señor Jorkins tiene un modo de expresar sus objeciones que con frecuencia engaña a la gente. ¡No, Copperfield! –prosiguió, moviendo la cabeza–. El señor Jorkins no dará su brazo a torcer, puede creerme.
Completamente aturdido entre el señor Spenlow y el señor Jorkins, no acababa de comprender qué socio se oponÃa; pero sà veÃa con suficiente claridad que la firma seguirÃa en sus trece y que yo jamás recuperarÃa las mil libras de mi tÃa. Sumido en el desánimo, lo que estoy lejos de recordar con satisfacción, pues sé que era demasiado egoÃsta (aunque siempre a causa de Dora), abandoné los Commons y me dirigà a casa.