David Copperfield
David Copperfield Estaba tratando de prepararme para lo peor y de imaginar bajo los colores más sombrÃos las medidas que nos verÃamos obligados a adoptar para el futuro, cuando un carruaje de alquiler se detuvo a mi lado y me hizo levantar los ojos. Alguien me tendió una hermosa mano desde la ventanilla; y el rostro que jamás he contemplado sin experimentar serenidad y alegrÃa, desde que se volvió por primera vez hacia mà en la vieja escalera de roble de ancha balaustrada, cuando asocié su dulce belleza a las vidrieras de una iglesia, me sonreÃa.
–¡Agnes! –exclamé alborozado–. ¡Mi querida Agnes! ¡Qué alegrÃa verte, precisamente a ti!
–¿De veras? –preguntó con su voz cordial.
–¡He de contarte tantas cosas! –señalé–. ¡Me siento mucho mejor sólo con mirarte! Si hubiera tenido una varita mágica, eres la primera persona a la que habrÃa deseado ver.
–¿Cómo dices? –bromeó ella.
–Bueno, tal vez a Dora primero –admitÃ, sonrojándome.
–Por supuesto que a Dora primero; asà lo espero –afirmó Agnes, riéndose.
–¡Pero tú habrÃas sido la segunda! –aseguré–. ¿Dónde vas?