David Copperfield

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Ella iba a mi apartamento para visitar a mi tía. Como hacía muy buen tiempo, se alegró de salir del coche de alquiler, que olía peor que un establo recalentado por el sol (yo había tenido la cabeza en el interior mientras conversábamos). Despedí al cochero; y ella tomó mi brazo y seguimos andando juntos. Ella era la encarnación de la Esperanza para mí. ¡Cuán diferente me sentí en seguida, al llevar a Agnes a mi lado!

Mi tía le había escrito una de esas extrañas y lacónicas misivas, apenas más extensas que un billete, a las que solían reducirse sus esfuerzos epistolares. Le anunciaba en ella su infortunio y añadía que se marchaba de Dover para siempre, pero que estaba tan decidida y se encontraba tan bien que nadie debía preocuparse por ella. Agnes había venido a Londres a ver a mi tía, ya que una simpatía recíproca las unía desde hacía muchos años: desde el momento en que yo me había instalado en casa del señor Wickfield. No estaba sola en la ciudad, me dijo. Su padre se encontraba con ella… y Uriah Heep.

–¡Y ahora son socios! –exclamé–. ¡Maldito sea!



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