David Copperfield

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–¿Es eso todo? –repitió mi tía–. Pues claro que sí, a menos que queramos añadir: «Y desde entonces vivió siempre feliz». Quizá un día de éstos podamos decir eso de Betsey. Y ahora, Agnes, eres una joven muy juiciosa. Y tú también, Trot, para algunas cosas, aunque no siempre puedo dedicarte ese cumplido –y al decir esto movió la cabeza y me miró con su habitual energía–. ¿Qué podemos hacer? Veamos, la casa de Dover puede reportarnos unas setenta libras anuales. De eso estoy segura. ¡Bien!… ¡Y eso es todo cuanto tenemos! –señaló mi tía, que, como algunos caballos, tenía la particularidad de frenar en seco cuando parecía haberse lanzado a la carrera.

»Luego está el señor Dick –prosiguió mi tía, después de una pausa–. Tiene cien libras al año, pero naturalmente están reservadas para él. Preferiría alejarlo de mi lado, aunque sé que soy la única persona que lo aprecia, que gastarme su dinero. ¿Qué podemos hacer Trot y yo para salir adelante con nuestros escasos medios? ¿Qué opinas, Agnes?

–Yo opino –exclamé, adelantándome a su respuesta– ¡que tengo que hacer algo!

–¿Quieres decir alistarte como soldado? –inquirió mi tía, alarmada–. ¿O enrolarte en un barco? No quiero ni oír hablar de eso. Tú serás procurador eclesiástico. En esta familia no permitiremos que nadie nos golpee en la cabeza, ¿entendido, caballero?


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