David Copperfield
David Copperfield ¿Podré olvidar algún día aquellas lecciones? En teoría, mi madre se encargaba de ellas, pero lo cierto es que el señor Murdstone y su hermana se hallaban siempre presentes, y las consideraban una buena ocasión para instruir a mi madre en su mal llamada firmeza, que se había convertido en la maldición de nuestras vidas. Creo que era el único motivo por el que me retenían en casa. Cuando mi madre y yo vivíamos solos, había mostrado bastante facilidad y buena disposición para el estudio. Recuerdo vagamente cómo aprendí el alfabeto sentado en sus rodillas. Todavía hoy, al mirar las grandes letras negras de la cartilla, siento con la misma intensidad de entonces la sorprendente novedad de sus formas y la inocente sencillez de la O, de la Q y de la S. Pero no me inspiran antipatía o aversión. Al contrario: tengo la impresión de haber caminado por un sendero cubierto de flores hasta llegar al libro de los cocodrilos, animado siempre por la voz y los ademanes dulces de mi madre. Recuerdo, en cambio, las solemnes lecciones que vinieron después, cual golpe mortal a mi sosiego, un verdadero calvario cotidiano. Eran interminables, muy numerosas y muy difíciles (algunas completamente ininteligibles) y, por lo general, tan desconcertantes para mí como para mi pobre madre.
Intentaré rememorar cómo transcurrían aquellas mañanas.