David Copperfield
David Copperfield –Me temo que no la sabe –señala mi madre.
–Entonces, Clara –afirma la señorita Murdstone–, deberÃas devolverle el libro y obligarle a que lo estudiara.
–SÃ, querida Jane; por supuesto –contesta mi madre–. Es lo que pensaba hacer. Inténtalo de nuevo, Davy, y procura no ser tan torpe.
Obedezco la primera parte de su mandato y pruebo otra vez, pero no tengo tanta suerte con la segunda, pues soy muy estúpido. Vuelvo a armarme un lÃo antes de llegar al punto en el que antes cometà el error y me paro a reflexionar. Pero no puedo concentrarme en la lección. Me resulta imposible. Pienso en cuántas yardas de tul tendrá la cofia de la señorita Murdstone, en el precio del batÃn de su hermano o en alguna otra cosa igual de absurda, que ni es de mi incumbencia ni tengo el menor interés en conocer. El señor Murdstone hace un gesto de impaciencia que llevo esperando mucho tiempo. La señorita Murdstone le imita. Mi madre les dirige una mirada sumisa, cierra el libro y lo deja a un lado, como trabajo pendiente; sé que tendré que hacerlo cuando acabe el resto de mis tareas.