David Copperfield
David Copperfield Las lecciones que he de volver a estudiar forman una pila que crece como una bola de nieve. Cuanto más grande es, más torpe me vuelvo. El caso es desesperado, y siento cómo me hundo en un barrizal de necedades, asà que renuncio a la idea de salir bien parado y me abandono a mi destino. El desconsuelo con que nos miramos mi madre y yo, cada vez que me equivoco, es realmente patético. Pero el momento más dramático es cuando mi madre (convencida de que nadie la observa) trata de soplarme la lección, moviendo los labios. Al instante la señorita Murdstone, que ha esperado con impaciencia ese momento, la llama al orden con voz grave:
–¡Clara!
Mi madre da un respingo, se sonroja y sonrÃe débilmente. El señor Murdstone se levanta de la silla, coge el libro, me lo tira a la cara o me golpea con él las orejas, y me saca del gabinete sujetándome por los hombros.
Pero cuando termino de repetir las lecciones llega lo peor, bajo la forma de un problema espantoso. El señor Murdstone es quien lo ha inventado para mÃ, y me lo dicta personalmente:
–Si voy a una queserÃa y compro cinco mil quesos de Gloucester a cuatro peniques y medio cada uno, al contado…