David Copperfield

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La señorita Murdstone no puede evitar regocijarse en secreto. Me rompo la cabeza con los quesos, sin el menor resultado, hasta la hora del almuerzo. La suciedad de la pizarra se ha metido por entonces en los poros de mi piel, convirtiéndome en un verdadero mulato, así que me dan una rebanada de pan para ayudarme a digerir los quesos, y me quedo castigado el resto de la tarde.

Mi impresión, después de tantos años, es que casi todas aquellas desdichadas lecciones acababan así. Yo habría sido un buen alumno si no hubiera sido por los Murdstone; pero la influencia que ellos ejercían sobre mí era similar a la de dos serpientes sobre un pobre pajarillo. Incluso los días en que lograba salir bastante airoso por la mañana, lo único que ganaba con ello era la comida; pues la señorita Murdstone no podía soportar verme sin tarea y, cuando yo cometía la imprudencia de mostrar que estaba desocupado, se apresuraba a llamar la atención de su hermano.

–No hay nada como el trabajo, querida Clara –exclamaba para que éste se fijara en mí–; ponle algún ejercicio a tu hijo.




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