David Copperfield
David Copperfield La señora Strong no parecía muy feliz, pensé; pero su rostro reflejaba honestidad… o una gran hipocresía. Yo la miraba con frecuencia, pues se quedó sentada junto a la ventana mientras nosotros trabajábamos; y nos preparó el desayuno, que tomamos poco a poco sin interrumpir nuestra tarea. A las nueve en punto, cuando me despedí, estaba arrodillada a los pies del doctor, poniéndole los zapatos y las polainas. Algunas hojas verdes, que colgaban en la ventana abierta de la habitación de la planta baja, arrojaban sobre su rostro una delicada sombra; y, durante todo el trayecto hasta los Doctors’ Commons, no pude dejar de pensar en la noche en que la había visto mirar al doctor mientras leía.