David Copperfield
David Copperfield Ahora sí que estaba ocupado; me levantaba a las cinco de la mañana y no volvía a casa hasta las nueve o las diez de la noche. Sin embargo, el hecho de estar siempre atareado me llenaba de satisfacción; iba siempre a toda prisa, y estaba convencido de que cuanto mayor fuera mi cansancio más digno sería de Dora. Ella no sabía aún cuánto se había fortalecido mi carácter, ya que se disponía a visitar a la señorita Mills a los pocos días, y yo había preferido esperar hasta entonces para explicarle la situación; me limité a decirle en mis cartas (toda nuestra correspondencia secreta pasaba por la señorita Mills) que tenía muchas cosas que contarle. Entretanto, apenas empleé grasa de oso, renuncié por completo al jabón perfumado y al agua de lavanda, e hice el prodigioso sacrificio de vender tres chalecos, que consideré demasiado elegantes para una carrera tan austera como la mía.
Como no estaba satisfecho con todo esto, ardiendo de impaciencia por realizar algo más, fui a ver a Traddles, que ahora vivía en una buhardilla de Castle Street, Holborn. Llevé conmigo al señor Dick, que ya me había acompañado en dos ocasiones a Highgate, donde había reanudado su amistad con el doctor.