David Copperfield

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Y llevé conmigo al señor Dick porque, profundamente afectado por las desgracias de mi tía, y convencido de que no existía ningún galeote ni forzado que trabajase más que yo, había empezado a angustiarse y a perder el apetito, al no tener nada provechoso que hacer. En esas condiciones, se sentía más incapaz que nunca de terminar su memorial; y cuanto más trabajaba en él, con más frecuencia la infortunada cabeza del rey Carlos I se introducía en sus páginas. Temiendo seriamente que su enfermedad se agravara si no poníamos en práctica alguna inocente estratagema que le permitiera creerse útil, o si no conseguíamos de algún modo que realmente lo fuera (lo que sería aún mejor), tomé la decisión de pedir ayuda a Traddles. Antes de visitarlo, le escribí una carta para explicarle lo sucedido; y él me envió una respuesta magnífica, en la que expresaba toda su simpatía y amistad.

Lo encontramos enfrascado en el trabajo, con su tintero y sus papeles, animado por la visión de la maceta de flores y de la mesita redonda en un rincón del pequeño apartamento. Nos recibió con enorme cordialidad y en seguida simpatizó con el señor Dick. Este último aseguró haberlo visto en alguna otra ocasión, y los dos le respondimos que era muy probable.



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